• L Capítulo 2: Arayani
    – Hija del Sol y la Marea
    “No todos nacen del vientre. Algunos nacen del fuego del cielo y del canto de las aguas.
    Hay nacimientos que ocurren en silencio, como una flor que se abre sin testigos.
    Y hay otros que sacuden el aire, el río, y hasta la memoria de los árboles.
    El nacimiento de Arayani fue de estos últimos.
    Ocurrió cuando la tierra todavía conversaba con los hombres, cuando el tiempo no se dividía en
    horas, sino en cantos, estrellas y estaciones.
    El lugar fue una aldea guanahatabey, encallada como un suspiro ancestral entre el verde húmedo de
    los montes y el azul sin fondo del Caribe occidental, donde hoy reconocemos al Cabo de San
    Antonio.
    Era el amanecer del solsticio de verano.
    El mar estaba quieto, como si esperara.
    Las palmas se mecían con un ritmo suave, como si supieran que algo sagrado estaba a punto de
    ocurrir.
    Y entonces, entre los primeros rayos del sol naciente y el murmullo tibio de la marca, nació ella
    95. Una señal en el cielo, una danza en la orilla
    Las ancianas de la aldea -curanderas, sabias, guardianas de los sueños – vieron señales que no
    podían ignorar.
    Una de ellas dijo:
    “El sol no tocó la tierra esta mañana. Tocó su piel.”
    Otra miró al cielo y vio pájaros danzando en círculos, como celebrando un regreso largamente
    esperado.
    Una tercera tomó un puñado de arena y lo dejó caer sobre el vientre de la recién nacida: los granos
    se quedaron suspendidos por un segundo, como si flotaran sobre su aura.
    Arayani no lloró al nacer.
    Respiró profundo como quien ya conoce el aire.
    Y en su respiración, las ramas se estremecieron. El mar dio un paso hacia la orilla.
    Desde ese instante fue llamada:
    “Hija del Sol y la Marea.”
    * Un cuerpo que ya danzaba
    Era distinta desde el principio.
    No hablaba mucho, pero sus movimientos tenían significado.
    Antes de caminar, ya danzaba.
    Antes de comprender palabras, ya respondía al ritmo del viento.